LÉEME EN TU IDIOMA

15 enero 2018

DOS MIRADAS Y UN REMORDIMIENTO (Microrrelato)

                                             
DOS MIRADAS Y UN REMORDIMIENTO

Desde el porche de la casa yo lo miraba. Abrió el maletero de su flamante berlina con su minúsculo mando a distancia. Colocó en su interior mi cuadro envolviéndolo con una tela acolchada. Desde el porche, absorto, lo miraba. Cerró el portón con un gesto altanero y abrió la puerta del coche dejando ver la tapicería de cuero y el ordenador de a bordo.  Sin un gesto amable ni despedida alguna se acomodó y accionó el arranque. Desde el porche lo miraba. Aún con la puerta del vehículo abierta introdujo una orden en el navegador, seleccionó un tema musical y encendió un cohíba. Desplegó el techo solar. Se atusó el bigote. Se acarició la barba. Se miró al espejo y repasó su peinado. Entonces cerró la puerta e inició la marcha. Justo antes, torció la cabeza para encontrarse con aquella mirada que desde el porche yo le mantenía. No hubo saludos.     
Contando mi dinero recordé que un día, en un país lejano adonde viajé de vacaciones,  compré unas babuchas de piel de camello, hechas a mano, tras un largo y absurdo regateo con el artesano. Las elegí después de ofrecerme otras muchas en su taller, después de aceptar un té de hierbabuena hecho para mí por su atenta esposa. Después de descansar en un cómodo puf de piel durante un buen rato mientras fumaba de la narguile que me preparó su hija pequeña. 
Recordé que aquel pobre hombre de manos toscas también me mantuvo la mirada desde el porche cuando emprendí la huída.



                                 

01 enero 2018

BORRASCA (Microrrelato)

BORRASCA

Llovía a mares. Aquellos tres días sin parar de llover habían promovido que el desánimo y el aburrimiento se fueran adueñando de Andrés. Había recibido la lluvia como el llanto que no tuvo a pesar de la pena (o quizá fuera rabia) que le produjo la ruptura con su novia. Una ruptura inesperada por completo. Mientras cenaban en aquel restaurante de Plaza Mayor, después del cine, ella dijo que iba al baño y ya no volvió. Tras un rato de espera, Andrés recibió un whatsapp muy claro: “Estoy en el tren camino de mi casa. No quiero volver a verte ni hablar contigo. No te molestes en llamarme, que no contestaré. Te lo digo por aquí para que no estés esperando toda la noche como un tonto. Adiós”.
Llevaba días pensando y bebiendo y fumando, y tanta mierda consumida le había creado la convicción de que él no había dado motivos para aquella espantada de su novia y trataba de consolarse con la idea de que ella era una chica inestable y caprichosa (así la consideraba) y que, cualquiera sabe por qué, habría decidido no compartir más vivencias con él. Que sabría lo que hacía, que ya era adulta para manejar su vida. Que le deseaba suerte…
Mientras meditaba, fumaba un cigarrillo más en el ventanal entreabierto del salón y casi salpicado por la lluvia. La noche no era muy distinta a la de ayer ni a la anterior, pero sí su percepción de las cosas, ahora menos pasional y más cuidadosa y analítica.
A aquellas altas horas, abajo en la calle, vio llegar un coche exactamente igual que el suyo (ese bollo en la chapa y el espejo roto e incluso la matrícula capicúa) y en él fijó su atención y su mirada. Paró en doble fila a unos seis o siete metros de los contenedores de basura (donde él mismo solía hacerlo). Del lado del acompañante del conductor se bajó una joven que, bajo la fuerte lluvia y sin paraguas, se dirigió hacia los contenedores con algo en la mano que quería tirar. Le notó una duda y vio que tardó un poco en decidirse ¿azul? ¿amarillo? hasta que lo dejó caer en la calle. Volvió al coche, pero no pudo montarse. A través de la ventanilla mantuvo una corta conversación y al poco rato el coche arrancó y se marchó sin ella. La chica estaba empapada.
La altura del edificio desde donde Andrés observaba la escena y la cortina de agua no facilitaban ver con claridad las facciones del rostro de la joven, pero su porte, su talle, su forma de moverse, le resultaron familiares pero cómo podía ser ella. Sintió el impulso de bajar a la calle. Salió del apartamento sin cerrar la puerta. El ascensor no tardó en llegar, pero fue lento, muy lento bajando. Salió del portal. Ahora no llovía, estaba saliendo el sol pues clareaba. Cruzó la calle y buscó la chica, pero ya no estaba. Miró a su alrededor yendo aquí y allá. Unos minutos y desistió de la búsqueda. Parado en la acera sintió algo bajo sus zapatillas y levantó un pie. Era una sortija. Un aro fino y sin adornos. Se agachó y lo recogió junto a la basura. No pudo comprender por qué en el interior estaba grabado su nombre y una fecha.  Bastante confuso volvió a su apartamento. En el ascensor, durante la subida, pensó en llamar a su ex. Se lio otro joy mientras ordenaba sus argumentos y por fin cogió el móvil. Cuando quiso llamar vio en la pantalla una ventana de diálogo de dos líneas donde se leía en la línea de arriba en minúsculas ¿Desbloquear contacto? y abajo en mayúsculas CANCELAR – ACEPTAR.



30 julio 2017

UN SALTO DE CABALLO (Narración corta)

UN SALTO DE CABALLO

4 minutos debían bastar para el jugador de primera categoría, 9 para el de segunda, 13 para el de tercera y 15 para el aficionado. Al menos, eso aseguraba aquel párrafo que estaba encabezado por el título "Tiempo de resolución" y que estaba debajo del gráfico que mostraba la posición de las piezas en el tablero de ajedrez.
El pasatiempo especificaba a quién correspondía mover y qué debía suceder en el juego con la escueta indicación de "blancas juegan y ganan", pero nada aclaraba sobre cómo debía jugarse en adelante para alcanzar la ventaja decisiva. Es curioso, pero hoy creo que esa pudo ser la razón de que lo tomara como un reto: otras veces, en este tipo de pasatiempo, ponían algún comentario que te servía de pista, ya que te sugería cuál era el tema a estudiar... por ejemplo, decían algo así como "con enérgica maniobra de ataque, las blancas explotaron la mala posición del rey negro en esta partida jugada por tal y cual en el año catapún", o cualquier otro comentario que, prácticamente, te señalaba el camino a seguir. Pero en este que cuento no había pistas. Es posible que ese detalle provocase en mí un interés especial en resolverlo.
Había bastantes piezas en el tablero y equilibrio de material en ambos bandos. El problema parecía interesante y, no se bien por qué, pensé... así que ¿nueve minutos?... veamos...
Miré mi reloj y, sin duda, vi la hora que era pero mi mente, o mi memoria, no es capaz ahora de recordarla. Probablemente el mecanismo de la curiosidad ya se había puesto en marcha intentando hallar la jugada buena en ese momento de la partida y el registro de la hora quedó en segundo plano de mi atención.
No obstante, pasé pocos minutos buscando la combinación ganadora (que no llegué a encontrar) porque, cuando valoraba las consecuencias posibles de un par de variantes, la voz de la enfermera dijo mi nombre.
Creo que lo oí dos o tres veces, pero mi oído también estaba ocupado oyendo en silencio las silenciosas instrucciones que yo mismo dictaba y oía, reproduciendo mentalmente los movimientos de las piezas en el tablero que ocupaba mi cabeza (o al menos mi atención) casi en exclusiva. Y digo "casi" no por casualidad: solté la revista en la mesita de cristal y me encaminé hacia la consulta intentando dejar en la sala de espera aquella sensación que estaba experimentando desde que llegué. Esa molesta impresión que uno tiene cuando sabes que te observan, que están pendientes de tí, aunque, por supuesto, lo disimulan.
Aquellas tres personas que compartían sala y espera conmigo, me miraban. Eso sí, lo hacían de forma que no podría reprocharles nada, ni llamarles la atención... yo ni tan siquiera podía sostenerles la mirada porque (no se cómo lo hacían) cuando yo los miraba, aún furtivamente, intentando pillarlos con las manos en la masa, resultaba que cada uno de ellos estaba mirando a otra parte. A veces, una revista, otras veces el diploma enmarcado en la pared (que, por cierto estaba ladeado) o miraban aquella planta que ocupaba la esquina, o, simplemente, las musarañas, qué se yo...
Sin embargo era obvio que me espiaban. En sus caras se notaba la seguridad que a sus facciones aportaba el hecho (o, diría, la convicción) de que yo nada sospechaba de sus miradas hacia mi persona. Esa seguridad parecida a la del trapecista cuando se lanza al vacío, parecida también a la de un niño cuando se enfrenta a un folio en blanco.
Huelga decir que mi tranquilidad y mi seguridad en mí mismo eran dominantes pues la tácita realidad era que, aquellas tres personas que compartieron sala y espera conmigo y que me miraban a hurtadillas, eran totalmente ignorantes en su ingenuidad, pues creían pasar desapercibidos confiando en mi inocencia, cuando, en realidad, eran ellos los inocentes ya que era yo quien los tenía engañados dejándoles creer que era un blanco fácil para sus miradas insatisfechas y ávidas de curiosidad.
Por eso antes dije "casi". En realidad nunca estuve absorto del todo, ya que mientras maniobraba mis piezas intentando ganar la partida, también manipulaba a distancia los gestos de aquellas tres personas, como tres peones, haciéndome yo el rey.
Pero, basta ya de explicaciones. Una mente como la suya debe ser capaz de captar aún los más arbitrarios razonamientos ajenos, si no, cómo iba a tener a su cargo la responsabilidad de entender el por qué de todas esas desconocidas realidades que, gente como yo, inventamos cambiando las leyes.
Mire, doctor, usted me cae bien. De todos los colegas suyos que han venido a entrevistarse conmigo, es usted el primero que me inspira confianza. Quizá sea porque aún no me ha preguntado nada. Eso, sin duda, le hace a usted más sabio, pues debe saber, acaso por intuición, que soy yo quien sabe exactamente lo que usted quiere saber de mí. Es muy astuto ahorrándose la pregunta. Su sensatez me hace pensar que es el único capacitado para comprender mi realidad:
Le diré que hacer cambiar las leyes y crear son, aunque parezca imposible, sinónimos para mí. Yo tengo una idea distinta, pero muy clara, de lo que constituye la verdadera esencia de la creación: subrayar objetivamente (con inteligencia, sensibilidad y emoción) lo más trivial de una realidad objetiva para así crear otra realidad, que designamos con el nombre de fantasía, que se emplazará en un punto equidistante del sujeto y el objeto, pero que será superior al primero en perdurabilidad de emoción y al segundo en autenticidad estética. El secreto es fijarse en lo esquisito, sí, pero contarlo con toda simpleza y naturalidad, sin delicuescencias ni extraplasticismos. Lo capta ¿verdad?, mi creación parte de esa realidad que acentúa o de aquella que se aleja (según los casos) pero en ningún momento es engañosa.
Le digo todo esto, doctor, porque se que está usted capacitado para comprenderlo, es necesario ver el contexto, el ambiente, conocer la situación, el momento. Así la comprensión del suceso se hace asequible, ya que se convierte, en realidad, en mera consecuencia.
¿Se ha fijado que he dicho "consecuencia"? Casi sin pensar he elegido, entre las cinco o seis mil palabras de mi vocabulario, justo la más apropiada. Porque hay dos sentidos en esta palabra: el primero tiene que ver con la sucesión de secuencias, el segundo, más semántico, viene dado a entender cuando lo próximo es lo más consecuente con lo que antecede.
Por eso me detengo en contarle con detalle, no solo mis movimientos físicos de aquella tarde, sino también mis elucubraciones mentales, para que no tenga usted que escrutar demasiado a fondo en el fondo de mi pensamiento.
En fin... ya sentado... o casi tendido en el sillón... con la boca abierta... soportando la limpieza dental...
...¡Ojo! digo "soportando" no porque me hiciese daño, que el dentista era excelente, sino porque es bastante molesto. Hay que permanecer largo rato con la boca exageradamente abierta, y también con los ojos bien cerrados porque nadie puede evitar que te salpique toda la cara esa pulverización de agua que expele la dichosa maquinita limpiadora. Además, el ruidillo y las vibraciones se pegan a uno y no te dejan ni aún después de haber terminado la sesión que, por si fuera poco, ha trascurrido todo el rato con ese aspirador de saliva que te colocan y que no es muy apto para escrupulosos.
Como le contaba, doctor, sentado allí. con los ojos cerrados, los músculos tensos y la atención en varios frentes... y va mi dentista y dice:
- Esta pieza la tiene usted casi perdida.
Y con la herramienta me daba golpecitos en la muela derecha de abajo, ¿sería otra estrategia comercial?, bueno, verá, déjeme que le explique:
Mi dentista es excelente como profesional, pero es algo pesetero ¿sabe?. Fíjese que me mandó a mi compañía de seguro médico con un talón firmado por él para que se me autorizara una "limpeza dental por gingivitis" (cito textualmente) cuando no es verdad que yo la padeciese. No es más que un ardid para ser mejor remunerado por la compañía (como usted sabrá que también es médico) que abona los talones de asistencia con mayor o menor cantidad dependiendo del servicio prestado. Cosa que a mi no me preocupa, como se imaginará, ya que la cantidad mensual que yo pago al seguro es invariable, no afectando en nada si hago mayor o menor uso de él. Por eso le permito que un par de veces al año me prescriba una "limpieza dental por gingivitis". Así, conmigo y con otros de sus pacientes (o, mejor, clientes) se va haciendo con los talones necesarios según sus criterios económicos.
Conste que le cuento esto, solo porque estamos aquí para eso, pero a él no le digo absolutamente nada, así le dejo creer que no me doy cuenta de esos nimios detalles.
Y, dicho esto, seguiré por donde iba...
- Esta pieza la tiene usted casi perdida, me dijo golpeándome suavemente la torre de rey. Y luego prosiguió:
- Y la corona está en peligro. ¿Se da cuenta doctor? me puso en jaque... pero la pista fue decisiva.
Ahora me tocaba a mí, era mi turno de juego. Mi caballo estaba en buena disposición para saltar capturando su pieza de ataque, así que, sin pensármelo más, lo hice.
Su ataque quedó desmantelado.



09 julio 2017

GUIÓN PARA UN CORTO (Microrrelato)

GUIÓN PARA UN CORTO

En el escenario hay pintores ataviados con sus caballetes y sus pinceles, sus gafas, sus gorras y sus mandiles. Están en un estudio en el que se encuentra posando una joven completamente desnuda, muy iluminada por tres luces. Amarilla, roja y azul.
A cada uno de los pintores le acompaña un foco de luz blanca, más suave, que ilumina cada lienzo.
La cámara toma este plano general al que no adorna ninguna música. Reina el silencio absoluto.
Así transcurre un minuto.
Ahora la cámara se acerca lentamente hacia la modelo hasta llegar a un primer plano de la pose completa y allí permanece unos segundos.
De pronto empieza una sucesión de planos cortos y rápidos mostrando la concentración de los artistas en sus trabajos. Uno gesticula de un modo extraño. Aquel hace muecas nerviosas. Hay uno calvo que padece un tic. Alguno parece tomar medidas con su pincel a modo de espada. La modelo es una estatua que se ve reflejada en las gafas de otro pintor.
El ambiente es muy denso. Todos trabajan denodadamente mientras que la modelo ni siquiera respira.
Ahora la cámara hace un repaso a todos los lienzos. En ellos se dejan ver las frustraciones de sus autores. Hay obras muy sensuales, también las hay pseudocándidas, de vanguardia, de falso cromatismo, psicoanalíticas y hasta geométrico-cubistas. Todas ellas reflejan un tanto la personalidad inequívoca de su autor y el carácter imaginado de la posante. Hay una obra en tonos neutros y grises que representa a una elegante señorita de fino talle y alta cuna con una piel de albaricoque y una mirada exquisita. Otro lienzo, sin embargo, muestra una mujer abandonada de sí misma, con el cabello revuelto y mal maquillada que aparenta haber acabado una sesión de amor con su cliente. Otro asemeja una venus y otro, en fin, una impúber adolescente raquítica y escuálida.
De pronto, inesperadamente, suena un timbre monótono y desagradable que mata el gran silencio reinante. Se hace una luz más natural en toda la escena que la cámara recoge ahora en un solo plano. El silencio se hace bullicio. Todos los artistas recogen sus cosas, se límpian las manos, encienden cigarrillos y miran su obra con los ojos entornados mientras la joven modelo se viste en medio de la gran sala, despojada ya de todas las miradas.
Según van acabando, los pintores ocupan la cámara y van saliendo a la calle. Uno tiene una bicicleta en la puerta con la que inicia su marcha. Otro se acomoda en la cola del autobús. Algunos otros desaparecen caminando en distraídos grupos o despistados y solos.
Todos y cada uno de ellos se van integrando pacíficamente en la normalidad de la ciudad, entre la gente. La cámara no ha captado ahora en ellos ni gestos ni muecas ni tics nerviosos y todos se mueven con entera naturalidad.
Ahora toca turno a la modelo. La cámara la sigue de cerca, por la espalda, mientras ella camina apresuradamente, mira su reloj, da una carrerita. Llega por fin a su destino. Entra por el jardín atravesando un parquecito y se detiene ante la puerta. Toca el sonoro timbre (ding-dong). Se abre la puerta y ella entra dejando que la cámara se cuele por detrás para curiosear el interior. Es una guardería. La cámara hace un recorrido en redondo por todo el ámbito, olvidándose un momento de la muchacha y dejando ver a los niños jugando, chillando, revolcándose por el suelo, con juguetes, con plastilinas, con tizas de colores y, en fin, realizando todas las actividades propias de un grupo de niños en una guardería.
Ya la cámara ha hecho un giro completo por todo el local y ahora enfoca de nuevo a la modelo que está sentada en una silla mirando cariñosamente a su bebé mientras lo amamanta.








11 junio 2017

MI CREACION


Un resplandor de luces y sombras diabólicamente entrelazadas se iba acercando imperceptiblemente y, sin yo saberlo, se estaban abriendo en mí las ventanas de una percepción que hasta entonces había permanecido aletargada. Lo mejor y lo peor iban a llegar, y con ellos el desmoronamiento de las señales que hasta entonces habían guiado mi visión de las cosas, y la aparición de otras nuevas en las que a duras penas se tendría que sustentar mi nuevo interés por “las abortivas tristezas y cortas alegrías del género humano” que, como dijera el poeta, nunca ha soportado demasiada realidad.
                                                                            (de “El efecto doppler”. Jesús Ferrero)

…la escritura, el arte, es una broma que se hace por jugar, solo por jugar, como me dijo una vez…
                                                                            (de “La ciudad doble”. Carlos Perellón)


MI CREACION

         Aquel día todo estaba vacío. Todo excepto el espacio que ocupaba mi propio cuerpo. Nada sucedía sino lo que yo mismo decidía…
         Llamé al color y vino para mi contemplación. Pero me aburría ver los colores ordenaditos como en el arco iris. Estaba cansado de ver siempre iguales las mismas escalas, tan formales y uniformadas. Es verdad que fue una lucha para mí organizarlos en sectores diferentes a los convencionales, pero fue una lucha maravillosa.
El verde se sentía tan feliz que casi se convierte en blanco, el marrón aprendió a comprender al gris, y la concordia entre ellos se vistió de celeste claro, el amarillo se abrazaba al rojo y salpicaban gotitas naranja, el azul era otra cosa… el violeta… qué decir…
Luego llamé a las formas y vinieron todas. Algunas de ellas jamás vistas por nadie en este mundo (pero qué tontería estoy diciendo, este mundo era solo mío y solo yo moraba en él).
Entonces ordené que las formas y los colores se integrasen y así ocurrió. Después llamé a la luz y a las sombras. A las tres dimensiones y a la perspectiva. También llamé a las notas musicales y a sus escalas, a los tonos, los timbres y las entonaciones. Por último llamé al aire y dispuse que circulara libremente por todo el ámbito.
¡Qué satisfecho me sentí cuando contemplé mi obra! ¡Qué contento cuando escuché su sonido!
Pero… un momento… estaba… entrando de lleno en la trampa de la vulgaridad… ¡qué vulgaridad!... había hecho justo lo que cualquiera hubiera hecho… no, no… nada tenía el valor que yo quería… tendría que ser más original… o… mejor… único.
Por eso lo hice. Simplemente doté de color a los sonidos. No lo pensé mucho, ya lo sé, pero lo hice.
Cuando todo estaba silencioso, todo se iba borrando hasta casi desaparecer y cuando surgían sonidos aparecían parcelas de color en movimiento que teñían las formas circundantes. Parece fácil contarlo, pero no es imaginable que fuera ocurriendo tan espontáneamente ¿verdad?. Si había varios sonidos simultáneos la cosa era más complicada porque las formas, que eran de los colores inherentes a aquellos sonidos, se hacían de varios colores a la vez ¿lo puede imaginar?. Pues si yo fuera capaz de explicarle cómo era mi mundo a las horas en que todo sonaba, podríamos enloquecer. Por eso se hacía necesaria mi intervención de nuevo, había que modificarlo todo otra vez, así que lo hice. Volví a hacer transparentes a los sonidos. Pero como éstos se habían integrado ya a los colores, resultó que los colores se hicieron también transparentes y… todo se veía como a través de unas gafas de sol multicolores.
Bueno, pensé, al menos así no es molesto sino llamativo y raro. El ambiente recordaba el interior de las grandes catedrales góticas, repletas de fabulosas vidrieras. Entonces, de forma casi automática, comencé a tararear algo parecido a un canto gregoriano y… ¡sorpresa! De mi boca salían fluidos aeriformes de suaves colores que impregnaban el espacio y lo poblaban como se de humo se tratara. Era una sensación singular pero sumamente placentera, tanto que quise experimentarla con otro sentido más…
Para mi regocijo dispuse que cada tono de color emanara su propio perfume y una delicada sensación natural me embargó, pues todos ellos nacieron de la libertad y la ternura.
Para un color dorado pálido con brillantes reflejos correspondía un aroma frutal y delicado pero intenso, como de frutas recién cortadas, un aroma prolongado que se iba enriqueciendo con nuevos matices cuando se iba mezclando con otros de aquel ambiente que ya se me antojaba mágico.
Gracias al olor pude ejercitar también el sentido del gusto ya que, al respirar, entraba en mí aquel aire coloreado y perfumado y, si yo respiraba por la boca, la sensación del gusto me inundaba…
Había un color que estaba exquisito. Era el color de las fresas, de los tomates, del vino tinto, de la sangre… pero no sabía a nada de eso… solo sabía a rojo. Y el sabor del verde nada tenía que ver con las espinacas ni con los pimientos ni con la menta, sabía simplemente a verde. Además -y esto era muy curioso- no eran sosos ni salados los sabores. Tampoco eran dulces o amargos, ni puedo decir que fueran fuertes o suaves, ni frescos o rancios… eran… perfectos todos y muy diferentes entre sí. Eso también era mágico.
Después de comer curioseando el sabor de los colores puros y también de combinaciones de colores –de lo que disfruté sobremanera- pensé que ya había oído, visto, olido y degustado bastante bien aquel mundo mágico que había creado y que, para conocerlo en todas sus dimensiones y facetas, solo faltaba que lo palpase. Quise entonces tocarlo, rozarlo, acariciarlo, abrazarlo…
Fue así como sentí mi mundo realmente vivo. Hasta aquel momento todo había sucedido como una increíble alucinación, pero ahora lo sentía palpitar y latir junto a mi piel. Se había creado un mundo único y fue entonces cuando nací dentro de él. O, mejor, cuando nací de él. Aquel día se disipó el vacío…
Entonces abrí mis ojos y recuperé tu imagen y recordé que nunca antes te había besado.




17 noviembre 2013

Ha llegado a su barrio

HA LLEGADO A SU BARRIO
(Una buena lección)

Explicaba a mis gemelos la importancia de valorar los diferentes trabajos, por dispares que sean, todos necesarios, etc... bla bla bla... y que hay que realizarlos cuando toca, aunque no te apetezca, vaya rollo... intentando llegar al concepto de responsabilidad y todo eso.

Les hablo de que incluso de noche hay trabajos inprescindibles, médicos o basureros, fíjate, y que también los días de fiesta, domingos o cuando estamos de vacaciones hay mucha gente trabajando, bomberos, conductores de autobuses, yo que sé. Que todo es así para el bien de todos, en fín...

Y les pregunto al final, para ver si han comprendido, que me digan alguno de estos trabajos.


- Papá yo sé uno...
- La policía ¿quizás?
- Bueno ese también, pero yo he pensado en el camión del tapicero !!!




15 mayo 2013

¿Pasado en balde?

¿PASADO EN BALDE?
(Comentario festivo)

Hoy, no se bien por qué, me ha venido a la mente un pensamiento promovido por el recuerdo de tres personas, ya desaparecidas, que me gustaría compartir con vosotros.
Todo vino mientras reproducía en mi ordenador una vieja película americana.
Pensé en la curiosa paradoja que suponía estar viendo algo tan antiguo en un aparato tan moderno.
La primera persona fue Bob Hope. Evidentemente, su imagen en la pantalla hacía pensar en la gran época del cine americano, cuando los guiones de los largometrajes se escribían para hacer una historia increíble, pero quien las hacía creíble de verdad era el protagonista. Bob Hope era especialista en hacernos creerlo todo.
La música que sonaba en la banda sonora, en aquel momento de la película, era una canción de Johnny Cash. Fue el segundo en venirme al pensamiento. Vaya genio de la música. Por entonces no había piratería porque la gente se gastaba el dinero en discos. Todo lo suyo fueron éxitos de venta. Musicash diría yo.
Y al fin recordé a Steve Jobs. Mente privilegiada donde las haya, fue capaz de hacer sencillo lo que antes estaba reservado para eruditos. 

El tiempo no ha pasado en balde: desgraciadamente ya no tenemos HOPE, ni tampoco tenemos CASH y hoy ya ni tenemos JOBS.