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sábado, 26 de enero de 2019

CRONO


Llegó a su cita con mucha antelación aquella tarde extraña que sintió poseer el poder de estirar el tiempo. Tener el coche en reparación le había obligado a acudir en metro y, acostumbrada al tráfico intenso de la ciudad, no había sabido calcular el tiempo necesario para el camino. El metro fue otra medida distinta para su tiempo. Ya en la superficie miró su móvil para ver la hora y pensó cómo iba a entretener tanto tiempo inútil. Cuarenta minutos.
Miró a su alrededor buscando alguna cafetería pero su vista se detuvo en un comercio que parecía ser nuevo. Nuevo es un decir, pensó, porque tenía toda la apariencia de llevar allí un siglo. No sabe qué le llevó a la puerta. Era una tienda de antigüedades.  Decidió entrar solo por curiosear y matar el tiempo.
Miró toda una galería de recuerdos ajenos que luchaban por durar detrás de las vitrinas. Aún quince minutos para la cita. El anticuario pone en venta objetos con historia, se dijo para si.
Abanicos con firmas de toreros que han sobrevivido a la mujer de mantilla, pitilleras de plata con iniciales grabadas, alhajas de oro viejo diseñadas por un desaparecido. Diez minutos.
Relojes, cachimbas, estilográficas, cartas nobles de amores vulgares.
Un viejo, dueño de tanto residuo, con esa voz inconfundible de las pesadillas y esa lengua bífida de tiempos, ante el vago interés de la visitante, acomodaba el precio de todo pidiendo cada momento menos por algo que cada vez, decía, vale más. Seis minutos.
Necesitaba un leve descanso. Perder algunos años de la suma total de siglos que habitaban en ella.  Cinco.
Salvarse de esas garras artrosis incurable, de esa mirada, resquemor puro, cuatro, de ese lapidario, de ese museo-mausoleo insolente donde todo se revuelve en compañías impertinentes. Y aquel espejo. Tres.
Mira una vieja foto. Una mirada límpia que el color sepia distorsiona en el daguerrotipo la mira ahora. De frente. Una frente a otra. Dos.
Dos ojos que la desarman, que la hacen desprenderse del tiempo real, desasirse del espacio, del aire. Uno.
Una atracción irresistible hace que robe esa imagen. Y deja en su lugar el billete del metro que aún tenía en su mano. A través del cristal mira la calle y ve que su cita la espera. La espera. La calle. El otro lado del cristal. Ninguno. Se acabó el tiempo.

Nota del autor: Este pequeño relato que firmo no nace de mi inventiva, yo solo lo reproduzco tal y como me lo contó aquella inquietante persona de la que solo recuerdo haberle comprado este antiguo billete de metro y que guardo no sé muy bien por qué.



domingo, 11 de noviembre de 2018

HISTORIAS DE RISA PARA NO REIRSE

HISTORIAS DE RISA PARA NO REIRSE
CAPITULO UNO
“Cara o qué”
José Luis Maldonado, como persona, era bastante sencillo (por no decir simple). Tenía un carácter bastante plano, nadie que yo sepa recuerda haberlo visto alguna vez enfadado pero tampoco visiblemente alegre. El equilibrio era su característica principal. Su tono de voz era agradable, su timbre, ni grave ni agudo y siempre al hablar usaba un volumen que no molestaba a nadie y era suficiente para entenderle perfectamente. Cuando leía sus modélicas sentencias ¿no he dicho aún que era Juez?, lo hacía de forma tan melódica que no rechistaba ni el tato. Todos esperaban al final sin interrumpirlo y casi siempre, tanto acusados y abogados como fiscales y testigos e incluso el público de la sala, terminaban obsequiándole con un buen aplauso, sincero y generalizado. A veces, cuando oficiaba bodas, hasta lo besaban.
Muy pocas personas sabían o sabemos el gran secreto que guardaba el Sr. Juez, algunas por cómplices, otras por encubridores, pero de ningún acto delictivo, no se imaginen nada de eso. Es que José Luis Maldonado era muy aficionado (forofo diría yo) al Karaoke y casi adicto a los aplausos. El problema era que pensaba que su seria y lacónica actividad profesional era demasiado incompatible con su única afición, tan festiva, que ésta podía deteriorar su prestigio como Magistrado, así que lo mantenía en secreto, un blindado secreto, y lo venía manteniendo en secreto ya mucho tiempo, años, desde aquella primera vez, cuando aquellas ganas de cantar en voz alta leyendo la letra de “Sobreviviré” le llevó a pensarlo y a hacerlo: Sentado en su sofá, viendo la tele, mirando a su mujer cómo hacía punto, se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y cogió el móvil, fue a ajustes, fecha y hora, alarmas.... programó para dentro de 10 minutos una alarma y eligió el mismo tono que tenía para sus llamadas entrantes.
Desde aquel día se repetía de vez en cuando la misma historia. Cada vez menos espaciada en sus intervalos. Hasta que ayer, cuando llegó la hora, sonó la alarma, José Luis Maldonado cogió su móvil y la detuvo a la vez que se acercó el teléfono a la oreja:
  • Diga... sí, soy yo... ¿un accidente de tráfico?... ¿donde?... no, no, no avisen al chófer del juzgado, esta mañana no se encontraba muy bien... yo me encargo, no me importa conducir... voy para allá.
  • ¿Qué pasa cariño? ¿Otro levantamiento? Este año parece que no va a mejorar esa trágica estadística.
  • Qué le vamos a hacer... intentaré no tardar mucho.
Un ligero beso en la frente a su esposa. Puerta, ascensor directo al garaje, siete pisos, vamos, vamos, mando a distancia, coche y... en fín, en pocos minutos ya estaba en el Salón Latino, cantando temas ochenteros, de los italianos, los más románticos y melosos, tan apropiados para su voz. Después de disfrutar seis o siete temas le sonó el móvil y tuvo que ir a... ¡¡¡¿su domicilio?!!! para realizar un levantamiento de cadáver... una mujer se había lanzado al vacío. 

domingo, 22 de julio de 2018

Punto de inflexión

Llegó a casa decidido.
Durante el camino de regreso condujo sin darse cuenta de las circunstancias del tráfico, y los kilómetros fueron como peldaños de una escalera invisible que a veces subía o bajaba en sincronía con sus pensamientos. Su ruta, más que recorrer el paisaje geográfico, fue el paulatino alcance de la comprensión del conflicto.
Llegó a casa convencido.
Colgó las llaves como era su costumbre en el pequeño estante detrás de la puerta del recibidor. Apagó el móvil y lo soltó en el taquillón. Abrió el cajoncito y puso dentro su cartera. También guardó allí, con mimo, el crisantemo.
Nadie en casa. La tenue luz del atardecer no hacía aún necesario encender lámparas. La altura del edificio proporcionaba un sereno silencio que, sin ser el silencio absoluto, era el más acogedor de los silencios.
Se desnudó y entró en la ducha. Se aseó a conciencia. Con una parsimonia calculada se afeitó su espesa barba, se depiló el cuerpo, se rapó la cabeza. Con pinzas cuidó de quitarse los pelillos de las orejas, de la nariz. Recortó sus uñas y les pasó la lima. Se cepilló los dientes. Se miró al espejo largamente. 
Aún desnudo se tumbó en el otro lado de la cama y ensayó su postura. Adoptó una quietud paciente varias horas. Su mente repasaba los argumentos de aquella conducta decidida buscando resquicios que no encontró.
Por fin, bebió del vaso que había dejado preparado un rato antes de salir.
Cuando la noche nubló la estancia abrió los ojos y vió que ella, cubierta de sangre, la faz desfigurada, llena de cristales, los huesos rotos por el cinturón, el pecho reventado por el volante, lo esperaba con los brazos abiertos. Voló hacia ella y la abrazó.
Al oído la escuchó nítidamente cómo en un santiamén le daba mil razones incontestables. Notó su beso en la mejilla. Su corazón latiendo en el suyo.
Luego, súbitamente, un incontenible vómito compulsivo comenzó a diluir su imagen desmantelando la noche. A la ventana se asomó la aurora.

domingo, 17 de junio de 2018

Compostura

Abandónate, le dijo. Déjate.
Que te inunde la desidia, que te gane la indiferencia.
Olvida quien eres, lo que eres. Olvida tu nombre.
Permite que el conocimiento de tu propia existencia deje su reino vacante.
No te opongas.
Abandónate, le dijo.
Que la brisa limpie el polvo que te cubre. No sientas la brisa.
Cierra los ojos. Apaga la luz de la casa. Apaga la luz del día.
Ignora también la oscuridad. Que no haya día ni noche.
Prescinde del tiempo, de las rotaciones.
Abandónate, le dijo.
No escuches, no atiendas.
Que no te contaminen sonidos ni silencios.
No te resistas, tampoco te rindas.
Solo existe. Vive.
Abandónate, le dijo.

Y lo hizo. Se desprendió de su arquitectura.
Se sacudió el cuerpo. Se quitó la piel.
Paso a paso fue creando su camino.
Abandóname, le dijo, mientras vestía de besos su desnudez.

sábado, 3 de marzo de 2018

INTERNUM MARE


No recuerdo muy bien si era perro o si era gato, pero fue libre. Su vida, siempre supeditada a la ventura, acaso sin quererlo, le enseñó a gestionar el tiempo con imaginación, a liberarse en los charcos de pulgas y de piojos, a olisquear alimento entre basuras y encontrar tesoros enterrados en despojos, a buscar compañeros ya fueran blancos, negros o marrones, o qué importaba si fueran de varios colores, a compartir los mendrugos, también la lluvia, los lugares calentitos, las carreras, los calores, los suelos y los tejados, las miradas a la luna, los vendavales y los tiritones, las heridas y la propia muerte.
Cuando se fue a su cielo su alma se reencarnó en persona. Y hoy aún deambula por las calles luminosas de la ciudad buscando unos ojos que acaricien su rostro con ternura.



domingo, 14 de enero de 2018

DOS MIRADAS Y UN REMORDIMIENTO

                                             
Desde el porche de la casa yo lo miraba. Abrió el maletero de su flamante berlina con su minúsculo mando a distancia. Colocó en su interior mi cuadro envolviéndolo con una tela acolchada. Desde el porche, absorto, lo miraba. Cerró el portón con un gesto altanero y abrió la puerta del coche dejando ver la tapicería de cuero y el ordenador de a bordo.  Sin un gesto amable ni despedida alguna se acomodó y accionó el arranque. Desde el porche lo miraba. Aún con la puerta del vehículo abierta introdujo una orden en el navegador, seleccionó un tema musical y encendió un cohíba. Desplegó el techo solar. Se atusó el bigote. Se acarició la barba. Se miró al espejo y repasó su peinado. Entonces cerró la puerta e inició la marcha. Justo antes, torció la cabeza para encontrarse con aquella mirada que desde el porche yo le mantenía. No hubo saludos.     
Contando mi dinero recordé que un día, en un país lejano adonde viajé de vacaciones,  compré unas babuchas de piel de camello, hechas a mano, tras un largo y absurdo regateo con el artesano. Las elegí después de ofrecerme otras muchas en su taller, después de aceptar un té de hierbabuena hecho para mí por su atenta esposa. Después de descansar en un cómodo puf de piel durante un buen rato mientras fumaba de la narguile que me preparó su hija pequeña. 
Recordé que aquel pobre hombre de manos toscas también me mantuvo la mirada desde el porche cuando emprendí la huída.


                                 

lunes, 1 de enero de 2018

BORRASCA


Llovía a mares. Aquellos tres días sin parar de llover habían promovido que el desánimo y el aburrimiento se fueran adueñando de Andrés. Había recibido la lluvia como el llanto que no tuvo a pesar de la pena (o quizá fuera rabia) que le produjo la ruptura con su novia. Una ruptura inesperada por completo. Mientras cenaban en aquel restaurante de Plaza Mayor, después del cine, ella dijo que iba al baño y ya no volvió. Tras un rato de espera, Andrés recibió un whatsapp muy claro: “Estoy en el tren camino de mi casa. No quiero volver a verte ni hablar contigo. No te molestes en llamarme, que no contestaré. Te lo digo por aquí para que no estés esperando toda la noche como un tonto. Adiós”.
Llevaba días pensando y bebiendo y fumando, y tanta mierda consumida le había creado la convicción de que él no había dado motivos para aquella espantada de su novia y trataba de consolarse con la idea de que ella era una chica inestable y caprichosa (así la consideraba) y que, cualquiera sabe por qué, habría decidido no compartir más vivencias con él. Que sabría lo que hacía, que ya era adulta para manejar su vida. Que le deseaba suerte…
Mientras meditaba, fumaba un cigarrillo más en el ventanal entreabierto del salón y casi salpicado por la lluvia. La noche no era muy distinta a la de ayer ni a la anterior, pero sí su percepción de las cosas, ahora menos pasional y más cuidadosa y analítica.
A aquellas altas horas, abajo en la calle, vio llegar un coche exactamente igual que el suyo (ese bollo en la chapa y el espejo roto e incluso la matrícula capicúa) y en él fijó su atención y su mirada. Paró en doble fila a unos seis o siete metros de los contenedores de basura (donde él mismo solía hacerlo). Del lado del acompañante del conductor se bajó una joven que, bajo la fuerte lluvia y sin paraguas, se dirigió hacia los contenedores con algo en la mano que quería tirar. Le notó una duda y vio que tardó un poco en decidirse ¿azul? ¿amarillo? hasta que lo dejó caer en la calle. Volvió al coche, pero no pudo montarse. A través de la ventanilla mantuvo una corta conversación y al poco rato el coche arrancó y se marchó sin ella. La chica estaba empapada.
La altura del edificio desde donde Andrés observaba la escena y la cortina de agua no facilitaban ver con claridad las facciones del rostro de la joven, pero su porte, su talle, su forma de moverse, le resultaron familiares pero cómo podía ser ella. Sintió el impulso de bajar a la calle. Salió del apartamento sin cerrar la puerta. El ascensor no tardó en llegar, pero fue lento, muy lento bajando. Salió del portal. Ahora no llovía, estaba saliendo el sol pues clareaba. Cruzó la calle y buscó la chica, pero ya no estaba. Miró a su alrededor yendo aquí y allá. Unos minutos y desistió de la búsqueda. Parado en la acera sintió algo bajo sus zapatillas y levantó un pie. Era una sortija. Un aro fino y sin adornos. Se agachó y lo recogió junto a la basura. No pudo comprender por qué en el interior estaba grabado su nombre y una fecha.  Bastante confuso volvió a su apartamento. En el ascensor, durante la subida, pensó en llamar a su ex. Se lio otro joy mientras ordenaba sus argumentos y por fin cogió el móvil. Cuando quiso llamar vio en la pantalla una ventana de diálogo de dos líneas donde se leía en la línea de arriba en minúsculas ¿Desbloquear contacto? y abajo en mayúsculas CANCELAR – ACEPTAR.